Los comienzos de este mes fueron testigo de dos muertes que nadie en su sano juicio hubiera deseado: me refiero a las partidas de Felipe Cruzat y Gonzalo Olave. Si bien fallecieron por razones y en circunstncias un tanto distintas, lo que pudimos ver es el momento de sus vidas que atravesaban, con muchos años por vivir, con proyectos y todo lo demás.
Cuando pasan cosas como éstas es siempre la familia y el círculo cercano el que sufre la pérdida de ese niño o de ese joven. Eso sí, ¿cómo se comparte ese sufrimiento con el resto de la sociedad? En el caso de Cruzat ya estábamos todos desesperados porque no le llegaba el cozarón que tanto necesitaba para seguir viviendo, eso gracias a toda la campaña que acabó por armarse no sólo en pro de la salud de Felipe sino que tambien en la de todos aquellos que necesitan tal o cuál órgano de otro para sobrevivir y tener una mejor calidad de vida. Fuimos capaces de seguir cada día su lucha por vivir y qué le pasaba entretanto, por eso ya se esperaba que todo Chile llorara a este niño el día que se fuera. Por otra parte tenemos a Olave, quien fue trágicamente atropellado por un vehículo mientras viajaba en su moto por las calles. Lo que pasó con él ha sido mucho más inesperado ya que, en primer lugar, era conocido por su oficio como actor y sus actuaciones en televisión, por lo tanto, si algo ocurría con él la gente no iba a tardar en entererse de lo sucedido (y así fue) y, luego, por no tener sino 25 años de edad y el tipo de muerte que le tocó. Cristián también tuvo sus razones para estar en la luz pública, sólo que -a diferencia de Felipe Cruzat- lo suyo era un don que se esmeraba en cultivar ante el público y la audiencia, no una enfermedad.
Siento, igualmente, el deber de detenerme en esa ley no escrita sobre quiénes son más propensos a salir en la prensa al morir. El caso de Olave resulta ser más obvio, pero lo de Cruzat me llega a recordar el accidente donde murieron las niñas del Cumbres y toda la cobertura e impacto que significó cuando en esos mismos días murió una familia mapuche, incluyendo niños, por un incendio en el sur con poca y nada de la atención que se merecía. Felipe, como sabemos, estudiaba en el Sagrado Corazones de Manquehue, otro más de esos colegios del barrio alto. No hay que ser genio para entender que para algunos -y también algunos periodistas- si no pasó en Las Condes, Vitacura o La Dehesa, simplemente no pasó. Habría apostado que si Cruzat hubiera sido un chiquillo común y corriente en el sentido de la procedencia, aunque sus rasgos físicos igual dijeran lo contrario, sus padres no habrían tenido cómo dar cuenta ante todo el mundo del difícil momento que atravesaba su hijo ni menos se abriría tanto el tema de la escacez de órganos que transplantar.
Como ya traté de decir antes, hay veces que el sufrimiento por aquel ser querido que partió tan jóven de este mundo va más allá de los que conocieron personalmente y en vida a esa persona para que todos nos enlutemos, ¿y cómo llega cualquiera a saber eso?: por la prensa. Más de una vez, por no decir muchas, le tocó a la prensa cubrir sucesos similares a éstos y ya sabe cómo reacciona la gente al saber ese tipo de noticia... y hasta puede aprovecharse de ello, por eso no da lo mismo de qué forma comunicarlo. Las muertes de los Cristián y los Felipe son de ese tipo de noticias que difícilmente pasan desapercibidas por las razones ya planteadas, pero también porque alimentan el morbo o el deseo masoquista de enterarse de tales tragedias que todos llevamos.