A finales de noviembre del 2006 supimos de uno de esos sucesos que cada cierto tiempo nos impactan. Fue allá en Iquique, cuando una niña llamada Pamela Pizarro no decidió otra cosa que poner fin a sus cortos 13 años de vida y a un angustioso período salpicado de amenazas, ataques y abusos en el colegio, o lo que conocemos por bullying.
Pamela, en cierto sentido, lo tenía todo: sacaba buenas notas, venía de un hogar bien constituído con una familia que la quería, era regalona, tenía sus amigas y
pinches, etc. Era como cualquier jovencita de su edad debía ser. Pero todo eso acabó por tener, por otro lado, sus contras, eso porque en su colegio habían muchas compañeras que no les tocó lo de ella, y el ser de ambientes más pobres y hostiles que el de Pizarro las volvió agresivas y crueles con las que veían como un estorbo u objeto de envidia. Ni tanta maldad de parte de esas niñas ni la aparente indiferencia de la directora fueron soportables, finalmente, para alguien como la iquiqueña que pareció ser demasiado frágil e inocente para poder seguir siendo la presa de gente así, que ni pensaba en dejarla en paz.
Le quedaban pocas semanas para su graduación de octavo básico cuando se ahorcó en su pieza, para gran tristeza y desesperación de su familia y de todos los que la quisieron, aunque también para alegría de sus enemigas que celebraban su muerte mandando mensajes a su mail o al fotolog con frases tipo "qué bueno que te mataste" o "si no te matabas tú, lo habríamos hecho nosotras". Pero fuimos muchos más los que quedamos conmocionados con el hecho, en especial los que sentimos aquello como algo cercano, fuera cual fuera el factor.
Como puede que hayan leído más atrás, yo también viví en carne propia ese tipo de (desagradables) experiencias en el colegio. Lo mío no fue del extremo del caso que trato, pero tampoco por eso dejé de sentirme tocada, los que hemos sido víctimas del bullying, en cualquiera de sus formas, sabemos mejor que nadie lo que es haber tenido el papel del alumno que siempre corría el riesgo de pasar un mal rato por culpa de cierto(s) compañero(s). Pero debe ser la dolorosísima pérdida para su familia lo que realmente me llegó, no hay que ser genio para saber que no hay nada peor para un padre que aceptar siquiera la muerte de un hijo. Hasta podría decir que me ha servido de muestra de lo que sufriría mi familia si yo o cualquiera de mis hermanos partiéramos tan repentinamente de este mundo. Hasta el día de hoy suelo pensar en cómo hubiera sido su vida si se hubiera resuelto su problema, y cuando pasa cualquier cosa que ella hubiera disfrutado, de nuevo aparece Pamela en mi cabeza.
Lo de los Pizarro Álvarez no se lo deseo a nadie, ni tampoco que falte de ayuda que necesitan aquellos que están sufriendo por culpa del compañero molestoso y maldadoso.